Discursillo. Conclusiones.
¿De cuántas maneras uno puede hablar consigo mismo?
Me lo pregunto cada día en que me levanto, me baño, desayuno y me apresuro a la escuela. También me abstraen las dudas cuando entre salto y paso me acuerdo de sostener el abdomen dentro, o mantener las rotaciones de la pierna en su lugar. Es cruel mirarse en el espejo, emitir un auto-juicio y sentir que todo se ha borrado en la nada.
Septiembre fue un mes dónde era incapaz de mantener la idea de gracia, precisión y tranquilidad junto a mi nombre, cuerpo o existencia. Inclusive llegué a la conclusión que me tocó vivir en el cuerpo de un patito feo, de alguien que no es agraciado a la pupila y que esto podría potenciar aquel momento frívolo en que decides tomar al toro por los cuernos y crear tu propio discurso poético.
El ente creativo es capaz de ordenar aquello que para su intuición le dicte re-organizar. Cambiar aquello que sobre, que no aporte para que al final se empate lo que más pueda a su cosmogonía.
Quiero encontrar cada día más maneras de entablar diálogos conmigo mismo: necesito encontrar la motivación perfecta para que el trabajo, sensibilidad e intuición hablen de lo que necesita ser encarnado al momento de bailar.
Se trata de algo más que un diario o una confesión, algo que sea capaz de humanizar, de empatizar. Para esto, uno debe serle tan fiel a la imagen de su imaginario, de si mismo, de sus creencias para lograr bocetar las líneas de la forma que las pupilas hambrientas captan (y resignifican) en el espectador.
Eso quiero. Entablar conversaciones internas y externas al mismo tiempo, ir de adentro hacia fuera, como de fuera hacia dentro. Vaivén continuo.
Necesito el no tiempo y el sí ente creativo.
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