Decadencia.
Desvanecerse en los más profundo del abismo, querer acercar el olvido, la no-presencia. Ignorar las dudas. Dejarse caer. Abrir los ojos y quedarse ciego; sordo, ante la omnipotencia de lo inestable.
Quietud, hambre voraz por desgarrar las pieles, abrir el horizonte y destripar el cielo nocturno. Más insaciable que nunca, menos prudente. Ataca, engañosamente, como cuando no debes dormir pero te traicionan los parpados, la comodidad y el cansancio.
Esperas que el lucero de la mañana arroje en su marea, aquello de lo que hablabas hoy. No sé trata de medir el progreso en una asquerosa dialéctica, más bien, de focalizar las posibilidades, de salirte de la engañosa tradición de ir hacía delante. Rompamos el círculo vicioso de temerle a los conceptos. Se trata de dejarlos ser: existir, morir, renacer mientras tu te vas adaptando a cada uno.
Se trata de estar en el ahora. Vivir el ahora, ser presente.
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