Carta a Gregorio...

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Desde la primera vez que te vi junto Andrea, ocurrió algo en mi cabeza que aun no logro entender, pues empezaste a aparecer constante en mis pensamientos. Yo me cautivaba al verte por los pasillos de la escuela y darme cuenta que eras una persona especial, muy auténtica.

Un día me hice valiente y me atrevía hablarte, afortunadamente te caí bien y me dejaste conocerte. Me di cuenta que mis primeras impresiones sobre ti podían ser verdaderas, pero que se quedaban austeras, ya que eres un universo gigantesco, con partes que dejas apreciar pero dejándote solo para ti algunas sombras que develan tu verdadero carácter mutable. Eres un cuerpo astral atrayente para mirarte girar y girar sin ningún rumbo o dirección, invitando a los cometas gravitar a tu lado.

Jamás he dejado de apreciar esa luz que las estrellas en tu pecho alumbran para aquellos que caminamos en océanos de penumbras. Eres para mi un faro a la libertad y me salvaste del olvido en cierta ocasión... Jamás encontraré palabras o situaciones para agradecértelo como se debe, pero al menos, en esta carta pretendo decirte todo lo que tu nombre proyecta en mi crisálida esencia.

Eres viento y calidez, como en el otoño en Morelia. También eres tonalidades ocre, como los atardeceres cuando deseas que jamás se acaben. Eres colibrí bailando y pintando lo que sea que capten tus alegres ojos. Quisiera que un día voláramos juntos, hasta que la gravedad nos lo impida.

Eres un barco que jamás debiera anclarse a nada o nadie, y que para amarte, el mejor acto que pueden ofrecerte es caminar junto a ti, tu en tu carril, y el otro en la acera de enfrente, mientras sus miradas se topan, cómplices. Entendiendo que están juntos en esto que se llama vida. Eres palabras de alivio, cuando te han robado el aire y la dignidad.

A veces, cuando estoy a tu lado quisiera detener al tiempo, ordenar a los grandes diseños, piedad. Pero entonces me doy cuenta de que ese acto, sería ofender tu naturaleza, por ser una estrella fugaz. Un espíritu que cruza los cielos, libre, flotando entre las nubes, y que ahí logras trascender tu nombre, tu cuerpo y tu esencia.

Que dicha sería recorrer tu pecho, o las llanuras de tu esencia. Puesto que en ese continente vivo, yacen los valles de la fertilidad, incapaces de morir por las estrellas en tu pecho, y las galaxias en tu corazón. Que agradable sería sentir tu palma tocando mi rostro, pues pareciera que son libres de las ataduras de tu pasado, o de tus miedos. Pareciera que en tus labios se esconde la tranquilidad del mar infinito, que todo calma y donde no habitan los tiburones.

[...]
(I)


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